el arte de vivir por encima del a b i s m o.

domingo

El pecado de fumar


Me pasa algo extraño y a la vez triste. Voy siendo casi el único de mi círculo de amistades y coetáneos que fuma. En la Universidad, en reuniones sociales, en eventos de todo tipo, prácticamente soy el único ser humano que fuma. Y aunque hace ya décadas que adquirí la costumbre de no "pitear" en espacios cerrados (aunque no lo crea el lector, detesto el olor a humo), sigo siendo una "rara avis" a la cual a veces hay que hacerle "rara" compañía para que consuma (lo digo en sentido penal) su "raro" vicio.

¡Y yo que pensaba que fumar era lo más normal del mundo! Así crecí, al menos, viendo fumar a toda mi familia. Pero no: casi de un día para otro esto se transformó en una peculiaridad, mal vista incluso, reprochada y reprobable aun por los más progres.

Los fumadores de hoy están bastante cerca de convertirse en parias, y acaso hasta en una raza absolutamente despreciable. El mayor problema es que yo no tengo ninguna intención de dejar el cigarrillo. Me gusta y me hace bien. Me calma, me alegra, me ayuda a ordenar las ideas y, sobre todo, a escribir. No puedo comenzar una clase sin antes dar algunas pitadas. Y una cerveza bien fría en invierno o en verano no es lo mismo con o sin cigarrillo.

En fin, tía Waverly me tranquiliza diciéndome que todos nos vamos a morir algún día de alguna cosa. Sí, es cierto. Pero eso no es lo que a mí más me inquieta. Mi temor es que algún día me encarcelen por fumar, o incluso que me maten...

B. B. COOPER

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